“Los que no saben lo que quieren hacen lo que no quieren”

Hits: 5727

 

texto TONI VALL  foto CATEDRAL

Flavia Company novela toda una vida con un poético sentido de la justicia en ‘Haru’ (Catedral).

“Nunca cesaremos en nuestra exploración. Y el fin de todo nuestro explorar será llegar a donde empezamos y conocer el lugar por primera vez”. Es una famosísima cita de T.S. Eliot que se me paseó por la cabeza durante toda la lectura de Haru, la nueva novela de Flavia Company editada recientemente por la editorial Catedral. Se sitúa el relato en un lugar indeterminado de Oriente en un tiempo también indeterminado, podría suceder tanto en el siglo XVII como ahora mismo, o en un lapso del futuro. La protagonista es Haru, una chica de la que conocemos su vida entera. Desde sus años de aprendizaje en un dojo, un centro de meditación y escolarización donde su padre la interna después de la muerte repentina de su madre. Allí conoce la disciplina y se zambulle en la sabiduría y la paz existencial, no reñidas con una creciente y a veces no domada rebeldía. Es el punto de partida de esta historia-río sobre el silencio, el reposo del alma, el conocimiento, la herencia, la reconciliación y la conciencia de pertenecer al mundo. Su autora la ha concebido como una obra importante en su carrera y en su presente. En ambos, el número 35 resulta elocuente. “Son los años que llevo escribiendo y los libros que llevo publicados”, concreta. Y añado otro: Haru regresa al pueblo de su padre a los 35 años.

Company tiene con Haru una relación muy especial, considera que su propio libro la supera a ella: “¿Cómo es posible crear algo más grande que tú mismo?”, se pregunta. “Tendrá que ver con la magia de la creación”, añade a renglón seguido. Considera fundamental haberse atrevido a contar la historia de toda una vida –la del personaje protagonista–, algo muy exigente para un escritor y algo –lo tiene claro– para lo que se debe estar preparado: “Se debe haber vivido lo suficiente, ir y venir, caerse, tocar fondo y reflotar. Tener una edad y haber visto las cosas por segunda vez”.

Desde su publicación, a principios de marzo, la recepción de la novela entre el público lector no deja de proporcionar a Company motivos de alegría vinculados a los múltiples mensajes de gratitud y agradecimiento que recibe cada semana. Varias consideraciones y juicios acostumbran a coincidir. “Me ha llegado en el momento oportuno”, le dicen, lo que quiere decir que no importa la edad del lector para poder encontrarse a uno mismo reflejado en sus páginas. Es también habitual destacar que el devenir del relato proporciona calma al que lo lee y sensación de justicia poética en el desarrollo y conclusión de la trama: “Consigues lo que te curras”, apostilla Company al respecto. Y, tal vez, la más importante de las coincidencias entre los lectores sea el agradecimiento sincero que suscita zambullirse en Haru: “Yo también siento esta gratitud”, concluye ella.

De entre los muchos temas, todos ellos hondos y a la vez tratados con una sencillez de recursos que proporciona una sugerente expresividad, destaca tal vez uno: el compromiso. Sobre todo con uno mismo, con decidir lo que quieres. “Los que no saben lo que quieren, hacen lo que no quieren”, reflexiona una de las maestras en un pasaje del libro. A juicio de Company, esta consideración nos lleva a pensar en la necesidad de trabajar la propia identidad, que nada tiene que ver con la idea de “identificación”. “Religión, tierra, familia, club, entorno, son ideas intercambiables relacionadas con la identificación. La identidad no es intercambiable”.

“Queda claro que el destino no es lo que vivimos, sino lo que entendemos”. “¿Es mejor decir «A veces se gana y a veces se pierde» o «A veces se gana y a veces se aprende»?”. “Juzgar a los otros siempre pasa cuentas”... Son algunos de los pensamientos con más enjundia de Haru, una obra de conmovedora madurez que Company empezó a escribir hace unos cuatro años y que nació y creció en su cabeza gracias a la meditación y el yoga: “Si sabes quién eres tú mismo, si sabes que tú eres yo, esto implica observar y no enjuiciar, no querer que aquello sea diferente a como tú quisieras que fuera”.