30 paisajes para recordar la Guerra Civil

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Alberto de Frutos y Eladio Romero nos descubren cientos de fotografías inéditas o muy poco conocidas de la Guerra Civil con el fin de profundizar “en el conflicto desde una perspectiva global”.

 Mujer con maleta

 

 

Texto: David VALIENTE  Foto: ArchivoCICR(DR)  24/11/2020

Recuerdo que el estante de madera (creo que ya no se hacen estantes así de sólidos), el que se encontraba en el cuarto de uno de mis tíos en casa de mis abuelos maternos, era un vergel de conocimiento enciclopédico. Había unos volúmenes que especialmente llamaban mi atención pueril: trataban sobre la naturaleza, nada del otro mundo, las plantas y los animales que nos encontraríamos si nos perdiéramos en cualquier bosque del Sudeste asiático o de America del Sur. He de confesar que esa enciclopedia fue mi primer contacto serio con los libros, aunque solo fuera de pasada porque, siendo sincero, no me detenía mucho en el texto, para mí lo verdaderamente excitante eran las imágines, algunas reales, otras dibujos de alta calidad incluso más terroríficos que las fotos. Nunca olvidaré aquel tigre bengalí, pintado en un naranja chillón, saltando con sus garras extendidas sobre lo que parecía un chinito, por el color de piel y el atuendo estereotipado. Paradójico, ¿verdad? Un tigre de Bengala atacando a un chino de la China.

Paradojas aparte, las enciclopedias han sido el libro que, por excelencia, colmaban los saberes intelectuales de todas las clases sociales. Por desgracia, están perdiendo el tirón de años atrás; ya ni siquiera llama a los timbres el comercial trajeado, maletín en mano y gomina en el pelo que, seguramente, tras presentar la flor innata de su catálogo, nos reservaba para el final la joya a la que no se le podía decir no: la última enciclopedia que recogía el ultimísimo saber de un científico desorientado con su laboratorio en algún rincón recóndito de Siberia. La pandemia ha cambiado muchas cosas en nuestras vidas; quizá también reorganice nuestros hábitos de lectura y progresivamente vayamos introduciendo estas joyas del saber profuso.

En este intento, la editorial Larousse lleva muchos años contribuyendo a hacer de la enciclopedia una lectura atractiva y, por suerte, la situación actual no la ha detenido ya que recientemente ha publicado 30 paisajes de la Guerra Civil, una pequeña enciclopedia de unas 350 páginas, escrita por Alberto de Frutos Dávalos y Eladio Romero García, un libro que, como nos confiesa Alberto, nace con la intención de mirar “hacia atrás sin ira”. Coincido con el autor cuando afirma que hay “pocos proyectos tan ambiciosos como este”. El lector que tenga la oportunidad de tener entre sus manos 30 paisajes de la Guerra Civil descubrirá unos textos impecables acompañados de “cientos de fotografías inéditas o pocas veces vistas y una cartografía original y muy didáctica”, con la finalidad de profundizar “en el conflicto desde una perspectiva global, que desgranen sus grandes (y pequeñas) batallas, que nos presenten a sus actores principales, que recapitulen la literatura que ha generado o que recorran el país en busca de sus huellas”, nos aclara el autor.

30 paisajesPuede impactar la palabra “paisaje” como título de un volumen dedicado a nuestra Guerra Civil; el paisaje generalmente evoca la serenidad del individuo y se asocia a un recuerdo agradable, un contraste destacable respecto a la metralla que asesinó a la gente. Sin embargo, en el libro de Dávalos y Romero el paisaje se concibe de forma amplia, es su manera de superar el reduccionismo de la guerra e incluir elementos de otra índole que van “más allá de la mera batalla”, para adentrarse en otros factores humanos como son “la geografía política y humana de la tragedia”. Este libro nos reconstruye la fachadas de los hospitales, las fortificaciones y las casas horadadas por el techo, nos despierta la imaginación hasta el punto de oler la sangre coagulada, nos hace percibir la angustia de la gente dentro de los refugios antiaéreos y nos ayuda a poner cara a los nombres que aparecen en las historias de los abuelos.

En la presentación, los editores se refieren a una serie de escenarios bélicos (Gernika, Paracuellos, el cuartel de la Montaña), por todos conocidos, de la siguiente manera: “A nuestro entender, tales episodios negros, terribles, son incompatibles con el concepto de ‘paisaje’; son ‘Lugares de Memoria’”. Resulta extraño que en un libro dedicado a la Guerra Civil no se mencionen estos episodios tan sangrientos, controvertidos y vergonzosos de nuestra historia reciente. No obstante, el modo de enfocar el relato, según me comenta Alberto, responde a las enseñanzas del historiador francés Pierre Nora, quien asegura que hay lugares cristalizados en la memoria colectiva que con tan solo decir su nombre los miembros de un grupo lo identifican sin necesidad de más explicaciones; son lugares azotados por la barbarie en algún punto de su historia. Por lo tanto, “su sitio, más que en los libros de texto, está en nuestra conciencia”. Siguiendo el criterio de Pierre Nora: “A la hora de seleccionar los ‘paisajes’ antepusimos aquellos en los que lucharon, en mayor o menor igualdad de condiciones, los dos bandos contendientes, y en los que las víctimas fueron, en su abrumadora mayoría, fuerzas movilizadas. De ahí que descartáramos el análisis de bombardeos aniquiladores, tipo Gernika, o de la represión in situ y en la retaguardia (Badajoz, Paracuellos), es decir, de los ‘paisajes’ que hoy solo pueden ser recuerdo de atrocidades”.

La enciclopedia se aleja de todas las polémicas vivas en nuestra sociedad; si tuviéramos que definirla con una palabra esa sería ponderación, extraño en un momento en el que las editoriales publican, sobre todo, libros que suscitan la controversia social. “Yo creo que hay que atreverse a mirar la historia a los ojos”. Sigue Alberto: “La historia no es la Medusa, no nos va a convertir en piedras si le sostenemos la mirada”. El paso del tiempo no ha borrado de nuestra mente el relato de los abuelos, es más, ha mutado, como los virus, cargándose de “pasión” y “desagravio”; por ello, el libro de Alberto pretende superar “la desdicha pasada, una aspiración que pasaba por el respeto a los sujetos de la memoria”.

40 años de dictadura no propiciaron el perdón, se tuvo que esperar a la Transición y a la democracia para encontrar el “camino” de la reconciliación que, bajo el punto de vista del autor, consiste en nuestra “capacidad de convivir con el pasado y aprender de él”.

Hoy la Guerra Civil española sigue despertando el interés social de muchas personas deseosas de conocer el pasado del país o simplemente buscar sus propias raíces, en ocasiones, perdidas en alguna cuneta. Por ello, la producción bibliográfica y fílmica sobre el tema no ha cesado, muchos títulos se acumulan en las bibliotecas o filmotecas de los barrios a la espera del próximo lector, que no tardará mucho en llegar. Pero este vasto conocimiento accesible para la mayoría de la población, según Alberto, nos mantiene en una “trinchera que se ha perpetuado hasta nuestros días, y se diría que nos hemos enrocado tras ella por gusto o pereza, sin que nadie sea capaz de sacarnos de nuestros prejuicios”.

Tampoco olvidemos la indiferencia de los jóvenes que ni siquiera tienen tiempo ni oídos para escuchar las batallitas del abuelo: “Y luego, claro, habría que hablar de los más jóvenes, que no muestran el menor interés en el tema. ¡Sin generalizar, por supuesto!”, se lamenta Dávalos. Las nuevas generaciones desconocen la historia eso les lleva a cometer fallos garrafales consecuencias de las “lagunas inexcusables”. Algo han oído, seguramente entre canción y canción de reggaetón, que conectan de manera aberrante creando un contexto y un texto histórico incomparable con la realidad.

Por suerte para los jóvenes la propaganda franquista murió con el dictador y con ello una nueva forma de interpretar la historia en las universidades se inició acompañada de los trabajos que desde el extranjero se hicieron entre los años 40 y 70 del siglo pasado; título nada desdeñables- El laberinto español o La República española y la Guerra Civil, por citar alguno- que ayudaron a los jóvenes investigadores a darse cuenta “de que el régimen franquista había robado y reescrito la historia a su conveniencia”. Sin embargo, nuestras publicaciones bibliográficas ya nada deben envidiar a las obras extranjeras, pues hemos conseguido en el ámbito académico español acercar los hechos de la Guerra Civil “a un público muy amplio”.

Y, por qué no decirlo, la literatura (entendida como novela, teatro, poesía…) ha aportado mucho del conocimiento y nos ha permitido indagar con mayor precisión la mentalidad del momento, aunque en “algunos círculos despierte suspicacias”. Los textos narrativos, aunque aún no se ha demostrado, seguramente son tan antiguos como los textos administrativos y diplomáticos; los filólogos, historiadores y humanistas desde los inicios de las ciencias humanas han empleado los grandes textos clásicos- léase Homero- con el fin de reconstruir los acontecimientos del pasado. De hecho, la metodología desarrollada en estos últimos dos siglos nos ha permitido superar la hipocrítica de los historiadores y romper con el afán narrativo que respondía a la necesidad imperante de varios métodos que les permitiera ser más consecuentes con la realidad y menos siervos de las fuentes. Por eso, Alberto no duda un momento en afirmar: “El arte perdura, esto es así, y novelas como Por quién doblan las campanas o los relatos de Chaves Nogales en A sangre y fuego son ya eternos, y seguiremos recurriendo a ellos cuando queramos ‘entender’ la guerra con los ojos de quienes la hicieron y la sufrieron”.

No obstante, revisar el pasado y apoyarse en métodos y fuentes diferentes alimenta los argumentos, el problema surge cuando esa revisión toma tintes violentos. Desde que en Estados Unidos comenzara el movimiento en defensa de los derechos de la población afroamericana, Black Lives Matter, una corriente de “revisionismo” destructivo se ha apoderado de una parte de la sociedad que piensa que las heridas van a sanar arrancando la placa de tal dictador o tirando la estatua de un conquistador muerto siglos atrás. La retirada de ciertos símbolos comprometidos en nuestro país siempre ha traído quebraderos de cabeza. Recientemente, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, retiró una placa conmemorativa del barrio de Chamberí. El personaje histórico afectado no es otro que Francisco Largo Caballero, quien ostentó varios cargos dentro del Gobierno republicano. Para el autor de los 30 paisajes de la Guerra Civil la presencia de símbolos sean de cualquier ideología no le “atormentan”, es más “al contrario, los agradezco”. Considera que “la iconoclastia no va a resolver nuestros problemas”, en todo caso, los solventará “la educación, que nos facilitará las herramientas para contextualizar el pasado”, porque “a Colón le da igual quedarse sin estatua, pero a nosotros sí debería importarnos la desmemoria. Adorar una estatua de Hitler o exaltar a Franco a caballo no procede, pero pueden haber otros restos asimilables y hasta defendibles”.

¡Educación!, la nueva Penia harapienta en busca de Poro. Respecto a esto, el proyecto presentado por el Gobierno español atendiendo a una reforma de la Memoria histórica- en cuanto entre en vigor Memoria democrática- para Dávalos “contiene puntos muy prometedores, por ejemplo cuando habla de las acciones en el plano educativo o de la instauración de un día de recuerdo y homenaje a todas las víctimas”. Apelando a la madurez de la sociedad, “la Memoria democrática, bien concebida y aplicada, contribuirá a que vayamos hacia delante”, ya que “hay que conocer la historia siempre, pero también hay que tener el sentido común de no anclarnos a ella”, concluye Alberto de Frutos Dávalos.

Esperemos que sea así para que alguna mañana toda la sociedad se levante sin rencores, sin odios preconcebidos, con la seguridad de que el pasado se superó y, así, recitar en voz alta y en todas las lenguas de España la frase recogida en el monumento conmemorativo a los caídos en la batalla del Ebro, situado en Mequinenza (Zaragoza): “A todos aquellos que perdieron, que fueron todos”.