"Meddling Kids", entre Enid Blyton y Lovecraft

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Tras su éxito en EEUU, Edgar Cantero publica en España "Meddling Kids", una novela irreverente, hilarante, muy adictiva y, al tiempo, preñada de terror.

 Cantero

 

 

Texto: Sara SEGOVIA ESTEBAN (@morgana_majere) 11/01/2021

 

Uno de los más originales detonantes de la creación literaria, cuyos productos han resultado ser, en ocasiones, obras revolucionarias en su género, son los ysis —«¿Y si…?», en su versión más culta—. ¿Y si Jane Austen hubiera inventado los zombis? ¿Y si Christian Grey fuese un vampiro? ¿Y si Enid Blyton hubiera conocido a Lovecraft?

La respuesta a esta última pregunta es uno de los motores que impulsa Meddling Kids, la novela de Edgar Cantero que vio la luz en inglés en 2017 en Doubleday y Blumhouse Books y que, por fin, nos trae Insólita Editorial en castellano el 18 de enero con el mismo título.

1977. El pueblo de Blyton Hills asiste sorprendido al nuevo misterio que ha nacido en torno a la Mansión Deböen: huellas, animales que desaparecen y rumores del legendario oro que Damian Deböen trajo de sus días de piratería. Un cóctel potencialmente explosivo que el Club de Detectives de Verano de Blyton convierte en noticia de periódico tras atrapar a Thomas X. Wickley, el villano disfrazado de salamandra que había estado asustando a «pastores y campistas en el río Zoinx». Sin embargo, la historia que copa la portada del Pennaquick Telegraph es la descafeinada versión para todos los públicos que escoge la prensa, pues la noche que el CDVB pasa en la mansión Deböen «es oscura y alberga horrores».

Trece años después, ninguno de sus miembros ha olvidado aquellas horas en la mansión, y los hechos que —con poco éxito— han tratado de dejar atrás los persiguen en su día a día. Hasta que Andy se planta y convoca una reunión extraordinaria del CDVB: hay que reabrir el caso Sleepy. Salir de la cárcel (Andy), dejar el trabajo en el bar (Kerri), escapar de un psiquiátrico (Nate) y cruzar doce estados en un Chevrolet Vega del 78 hasta un Blyton Hills que los niños, ahora adultos, apenas reconocen.

Solo algo permanece inmutable: la sensación incierta, sibilina y escurridiza, que desde la timidez de las sombras asoma únicamente su rostro como un borrón en la oscuridad de la noche, de que algo los ha estado esperando.

Portada meddlingEdgar Cantero aúna en esta novela tres elementos narrativos muy potentes. Por un lado, la historia: una trama bien hilada, llena de sorpresas, con personajes carismáticos, cercanos y entrañables, aderezada con referencias de la cultura popular que harán los gustos de pequeños y mayores; ecos de las novelas de aventuras de adolescentes como Los cinco o Los Hollister se entremezclan con los evidentísimos homenajes a la serie de Scooby Doo. Y es que el segundo punto fuerte de Cantero es la nostalgia: en la línea de series como Stranger Things, que romantizan aquellos maravillosos años 80, nos devuelve a las series de nuestra infancia y juventud, pero transformándonos en los adultos que una vez, años ha, fueron niños. Y para quienes hemos nacido un poco más acá, Meddling Kids incorpora el hálito de terror y desasosiego de la serie Pesadillas para construir una novela de múltiples capas que nos va atrapando por momentos. Todo ello, por último, narrado con un estilo rompedor y original, que juega con las voces, las tipografías y con el narrador mismo, para llevarnos de la mano, ora como testigos mudos, ora como compañeros del narrador en su ruptura de la cuarta pared, hasta un final trepidante e in crescendo que deja con una enorme duda existencial. ¿Queremos —¡necesitamos!— más del CDVB y de sus siguientes casos, con el riesgo y el desafío que supone engendrar una novela de al menos el mismo nivel que esta? ¿Preferimos, acaso, saborear una y otra vez la prosa ácida y punzante de Cantero y releer una historia que, por pasajes, es mejor no degustar de noche?

Irreverente, hilarante, muy adictiva y, al tiempo, preñada de terror, dejad que la maravillosa portada de Fran Mariscal Mancilla os abra la puerta a Meddling Kids, pero no apaguéis la lámpara. Tal vez después no seáis capaces de encenderla.