“El PP se ha cargado la cultura para muchos años”

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texto ANTÓN CASTRO  foto MARTA CALVO

Clara Usón (Barcelona, 1961) es autora de novelas como Corazón de napalm (Premio Biblioteca Breve 2009) o La hija del Este (Seix Barral, 2012), tal vez su libro más conocido, el que dio la medida de su ambición, de su compromiso y de su voluntad de indagación en conflictos contemporáneos. Con Valor (Seix Barral), Clara Usón, descendiente de aragoneses, mezcla tres historias –la de Fermín Galán, que intentó acelerar la llegada de la Segunda República en Jaca en 1930, la de Mati, empleada de banca y vendedora de preferentes, y la de un sacerdote católico e intransigente en el clima de la Segunda Guerra Mundial– mediante un hilván claramente cinematográfico y una idea de fondo: la lucha por la supervivencia en medio de un torbellino de incidencias y paradojas.

¿Qué la llevó a la Jaca sublevada, que tuvo a punto la proclamación de la Segunda República en diciembre de 1930?

A Jaca me llevó una historia que me contó mi padre, sobre un pariente lejano, un primo hermano de mi abuela, Luis Duch Lacasa, un señorito comunista que tuvo una vida breve e intensa y un destino trágico. Luis Duch fue de los primeros ejecutados en Aragón por el régimen de Franco, murió en el fuerte del Rapitán el 28 de julio de 1936, en compañía de otros republicanos, todos ellos obreros, campesinos, soldados o artesanos. Pertenecía a la familia más poderosa de Jaca, los Lacasa, y su muerte conmocionó a la ciudad.

¿Por qué le ha seducido tanto la figura de Luis Duch, era carne de leyenda en su familia?

La versión que mi padre me contó sobre la figura de Luis Duch, y que resultó ser parcialmente falsa o incompleta, como suele suceder con las historias familiares, que se transmiten de forma oral entre generaciones, lo pintaba como un héroe prototípico, el idealista feroz que muere por sus ideales; mis investigaciones en Jaca, mis conversaciones con parientes contemporáneos suyos, de las familias Duch y Lacasa, arrojaron más luz sobre el personaje, le confirieron una humanidad que le hacía, para mí, más interesante; lejos de ser un hombre de una pieza, era un nudo de contradicciones, como no podía ser de otro modo: un señorito comunista es un oxímoron andante.

 

¿Cómo ve a Fermín Galán? Era algo más que un militar: escribía teatro, novela, estuvo en África, conoció a Franco...

Fermín Galán era un espécimen curioso, propio de aquella época en que arrojabas una piedra y dabas a un revolucionario. Era un militar republicano, un radical de izquierdas, un intelectual y un pensador, a su manera, que escribió un libro de tesis, La nueva creación, en la esperanza de que tuviera un efecto parecido al del Capital de Marx. Era tan idealista como ingenuo, estaba convencido de que “un puñado de hombres armado de ideales” podía hacer la revolución y cambiar el mundo. Tuvo mala suerte...

¿Por qué?

Los generales confabulados con él lo traicionaron, Casares Quiroga, el político de Madrid que tenía que advertirle del cambio de fecha para la sublevación, se fue a dormir tranquilamente, y cuando se despertó la mañana del 12 de diciembre y descubrió que Galán se había sublevado, se indignó: “¡Dónde se ha visto en España que los militares se levanten en el día señalado!”, se quejó. La sublevación de Jaca fue tan heroica como desdichada y torpe, y la muerte de Fermín Galán, ejecutado por las fuerzas monárquicas en el polvorín de Huesca el 14 de diciembre, solo dos días después de que proclamara la República en Jaca, fue estremecedora. Galán se comportó como un héroe de epopeya; no suplicó, ni tembló, ni lloró. Pidió licencia para comandar a su propio pelotón de ejecución, él mismo dio la orden de “¡Fuego!”.  Galán era masón, luchó en la guerra de Marruecos bajo las órdenes de Franco, recibió una carta del general Mola, en la que este le advertía de que era conocedor de sus intenciones golpistas, pero eso no lo disuadió de sus propósitos, tenía algo de iluminado, y loco, y temerario: “¡En Jaca o donde sea, yo donde esté, me sublevo!”, dijo, y lo cumplió.

Su final es emocionante.

Pudiendo huir a Francia, decidió volver y entregarse a las fuerzas monárquicas, asumió toda la responsabilidad de la sublevación y no pudo perdonarse la muerte de García Hernández y de otros caídos en la refriega de Cillas; también era un hombre lleno de contradicciones, de impulsos contrarios, y eso lo hace menos héroe y más humano.

Toca casi de refilón, pero en varias páginas, la historia de amor de Fermín Galán con Carmen Monreal, hermana del historiador de arte, zaragozano y residente en Barcelona durante años, Luis Monreal Campo. ¿Qué sabemos de ese episodio, en qué medida le parece interesante?

Nada sé acerca de Carmen Monreal, más allá de que tuvo un romance veraniego con Fermín Galán (presumo que muy casto, ella era una señorita y él, aunque revolucionario, un caballero de los de entonces), y que, al parecer, por presiones paternas, lo dejó, lo que le rompió el corazón de nuestro héroe.

A la vez que cuenta la insurrección de Jaca, aborda otra historia, la de Mati, empleada de banca y vendedora de preferentes, y la de su hija Mar, una historia contemporánea... ¿Qué ha querido hacer con ese procedimiento cinematográfico? ¿Sería un ejercicio de riesgo en la estructura de la novela?

Pienso mucho la estructura de mis novelas, el andamiaje. Borges desdeñaba la novela porque decía que en toda novela hay ripios, los nexos entre un episodio y otro, esos pasajes engorrosos, de relleno, que tienen como única misión llevar a un personaje de C a D, o presentarnos, con antecedentes, al personaje R. En Valor me propuse prescindir de ellos, de forma que la novela tuviera la intensidad de un cuento. Mezclo tiempos y espacios, quiero crear la ilusión de un presente continuo, me complico la vida como narradora, con la sana intención de no complicársela al lector. Espero haberlo conseguido.

 

La novela aborda otro capítulo terrible: la existencia en la República Independiente de Croacia de un grupo nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, y exterminador que acababa con serbios, gitanos y partisanos... ¿Cómo encajaría esta historia, vinculada con tu novela anterior, La hija del Este, con las otras dos historias?

El dogma es una abstracción a la que doy vueltas desde que investigué para mi anterior novela, La hija del Este: la verdad indiscutible, absoluta, la verdad que hay que impartir aunque sea a bastonazos. Y el dogma por antonomasia es el religioso, o lo es desde que surgió el monoteísmo. Nos asombran y horrorizan los asesinatos del Estado Islámico, el fanatismo de la Yihad, nos parece algo anacrónico, propio del medievo, algo que los civilizados y demócratas países de Occidente tenemos hace tiempo superado. Y, sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el Estado Independiente de Croacia, un estado títere de Hitler, liderado por el fascista croata Ante Pavelic, ultracatólico, el catolicismo se impuso a punta de pistola y un fraile franciscano dirigió un campo de concentración, Jasenovac, en el que murieron centenares de miles de serbios por el mero hecho de serlo, y también judíos y gitanos y partisanos.  Los nazis croatas, los ustachas, eran tan crueles y bárbaros que los militares alemanes y hasta la Gestapo protestaron por sus desmanes.

¿Era conocido este capítulo de los Balcanes?

Este episodio oscuro de la historia de Europa y de la historia de la iglesia católica es prácticamente desconocido, no se habla de ello, no se guarda memoria; algo sabemos de eso en este país nuestro en el que la Memoria Histórica es un tabú. Negar el pasado, borrarlo, fingir que nunca sucedió, es un error que se paga muy caro. El fuego del discurso nacionalista serbio de Milosevic se alimentó de los rescoldos mal apagados del horror ustacha y de la masacre de cristianos ortodoxos en nombre de la Santa Iglesia Católica. En Valor, un sacerdote croata se ve inmerso en la última santa cruzada y, como el resto de personajes de la novela, es puesto a prueba por las circunstancias. Por cierto, Ante Pavelic, un monstruo comparable a Hitler y peor que Mussolini, murió en España, acogido por Franco, el Generalísimo que fue jefe de Fermín Galán en la guerra de Marruecos, y cuya sombra se cierne sobre la novela, como sigue cerniéndose sobre España.

¿Cuántas formas de valor existen, cuáles le interesan aquí?

“Valor” es una palabra que da mucho juego, tiene varios significados: coraje, valentía, y también precio, y mérito, y cualidad o principios morales, y hay quien arriesga la vida por sus principios o sus ideales y quien vende sus principios al mejor postor, pero la novela no es, por supuesto, un estudio sobre la polisemia del término “valor”... Como escritora me interesan las historias que reflejan los conflictos de la naturaleza humana, nuestras contradicciones: en las tres historias que se entreveran en la novela hay uno o varios personajes a los que la vida pone a prueba, en circunstancias en las que deben mostrar su valor, en el sentido de coraje, bravura, o lo contrario, su cobardía, y cada una de esas historias transcurre en un marco temporal en el que impera un valor, como principio ético o moral, distinto: los ideales revolucionarios, el dogma religioso y el valor absoluto del siglo XXI: la pasta, el dinero.

¿Hemos aprendido alguna lección de la historia, de la violencia más terrible para aplacar las continuas contradicciones de la vida?

Hegel dejó escrito: “La historia nos enseña que los pueblos y sus gobernantes nunca han aprendido nada de ella”. Y me temo que lleva razón.

Durante la presentación de la novela en la librería Los Portadores de Sueños de Zaragoza, hizo alusión al mal momento que atraviesa la vida del escritor. ¿Por qué no se puede ya vivir de la literatura, qué ha ocurrido o está ocurriendo?

Ahora me toca citar a Larra: “Escribir en España es llorar”, y apretar los dientes, y pasar hambre, en sentido literal o figurado. ¡Por lo menos en la época de Cervantes había mecenas! Ahora ni eso. La crisis se ha cebado en el sector editorial, se venden muchos menos libros que antes, y los que se siguen vendiendo, son los libros comerciales, los best sellers. “Siembra y recogerás”, dice la Biblia; nuestros gobernantes llevan años sembrando a conciencia, y con una tenacidad digna de mejor causa, la cultura y la ignorancia, nuestro presidente del Gobierno se jacta de no leer más que el Marca (y sospecho que solo los titulares), el presupuesto para bibliotecas del gobierno del señor Rajoy ha sido de 0 euros; subvencionan el fútbol y los toros, que además se benefician del IVA reducido, no por maldad, quiero creer, sino por coherencia con sus principios o valores morales. Para ellos, el fútbol y los toros son cultura; el teatro, la música, la pintura y la literatura, un lujo prescindible, un vicio reprobable que conviene erradicar, como el tabaco. Y hay que reconocerles que lo han logrado; se han cargado la cultura para muchos años.